Residencia canuto hevia - residentes de la residencia

La experiencia de 300 años de vida

La residencia Canuto Hevia homenajea a sus socios de más edad: «Que te quieran en tu casa y en tu pueblo es lo mejor».

Y resulta que, a veces, las historias más bonitas están escondidas bajo el manto de lo cotidiano. Como el día que Andrés consiguió, por fin y tras años de cortejo, que Mari Flor García aceptara a ir al baile con él. O ese curso de natación al que Fonsín Cañón se apuntó con su primo y en el que tan bien lo pasaron, pero no aprendieron ni a flotar. La tarde en la que Elías Fernández enseñó a unos chavales algo de lo que sabía para que aprobaran un examen o la noche en la que Genoveva Feo tuvo a su primer hijo.

Ellos cuatro, que juntos suman 352 años de vida e historia, recibieron ayer un homenaje en la residencia de personas mayores Canuto Hevia de Pola de Lena. Todos muy emocionados, recogieron sus placas y alguna lágrima se les escapó: «Que te quieran en tu casa, en tu pueblo, es lo mejor del mundo».

La residencia Canuto Hevia, gestionada por un patronato que preside la alcaldesa del concejo, Gema Álvarez, celebró ayer este homenaje a sus residentes de más edad y con más años en el centro durante el programa de actos por el aniversario de las instalaciones. Más de ochenta años en los que la residencia, que dirige Yolanda Losada, ha sido un pilar para la sociedad del municipio.

Pero poco sería ese edificio sin las personas que le dan vida. Como Genoveva Feo, noventa y ocho años de fuerza incombustible: «Yo trabajé en todo, en casa y en el campo». También tuvo un taller de bordado, en el que empleaba a varias jóvenes. Nació en Villabuena del Puente (Zamora), pero se enamoró en Lena. Se casó y tuvo cuatro hijos, uno de ellos ya fallecido. Quizás por eso no pudo contener las lágrimas cuando los responsables de la residencia repasaron su vida y le agradecieron que siga al pie del cañón. Cada día, ayuda a poner la mesa.

A Fonsín Cañón le encanta que sus compañeros se lo pasen bien. También estaba muy emocionado ayer: «Para mí lo más importante es que todos estemos contentos», afirmó este lenense, de sesenta años y corazón inocente.

Y si alguien entendía de corazones, ese era el marido de Mari Flor García. Ella se lo puso difícil, «intentó cortejame mucho tiempo», pero es que había algo en ese pretendiente que no la acababa de convencer. «No sabía bailar, para mí bailar agarraos era muy importante», afirmó esta lenense, que ya sopla más de ochenta velas en la tarta. Pero quiso el destino que una tarde ella tuviera una cita con un allerano de nombre Andrés y que, cuando la llamaron desde fuera, saliera rápido para ir al baile. Allí fuera no estaba Andrés el allerano sino su vecino Andrés, al que tantas veces le había dado calabazas. Pensó que era hora de darle una oportunidad, y pronto supo que esa sería la mejor decisión de su vida: «Mejor marido y padre no lo pude encontrar».

Elías Fernández, que tiene 96 años, fue el cuarto homenajeado de la mañana. De él dicen que es «un libro viviente». Dedicó su vida a la cultura y fue un adelantado a su tiempo. Hizo las veces de tutor desinteresadamente: «Venían a casa muchos chavales a que les ayudara con los trabajos de la escuela».

El día de ayer fue de fiesta, así que después del acto oficial hubo una comida y una sobremesa con música. Tanta vida bien merece un baile.

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