Residencia canuto hevia - residentes posando para la foto

Las últimas silicosis de la mina

Jesús López es un exminero con el tercer grado de la afección, casi erradicado en el carbón pero presente en otros sectores.

En esa habitación de la residencia Canuto Hevia de Pola de Lena suena el susurro constante del suministro de oxígeno. Dos gomas transparentes unen la bombona con la nariz de Jesús López (Campomanes, 1925). Es un hombre menudo, sentado cerca de la ventana. Está consumido por la enfermedad y es historia viva de las Cuencas: es uno de los últimos exmineros diagnosticados con el tercer grado de silicosis (el grado más incapacitante de la dolencia pulmonar).

La enfermedad, que merma de forma severa la capacidad pulmonar y que quitó el aire hasta la muerte a cientos de abuelos de las Cuencas, apenas aparece ya en el historial de los trabajadores del carbón gracias a las mejoras de seguridad y la caída de la actividad. Pero los doctores del Instituto Nacional de Silicosis (INS) alertan de que la dolencia ha cambiado de bando. Siguen apareciendo nuevos casos, ahora en otros sectores como la marmolería. Entre 2010 y 2015, se diagnosticaron más de mil nuevos enfermos en España (esta cifra es muy orientativa, a la baja, ya que sólo refleja los derivados al INS).

Jesús López es hombre de pocas palabras, siempre fue así. No tose, no tiene fuerzas, y le queda poco oído. Por eso le acompaña Jamín, su hermano. Sólo cinco años menor, pero con buena salud: «Yo también estoy algo ‘cogíu’, tengo algo de silicosis pero no reúne condiciones para el diagnóstico», explica, mientras coloca la camisa a su hermano. Postrado en esa silla, cuesta imaginar al joven Jesús López que pisó por primera vez la mina. «Fue en Fábrica de Mieres, ahí libre de la mili», explica, con la voz tomada.

Era ayudante de barrenista. «Los que tragábamos más», matiza. Tragaba la piedra que barrenaba para abrir paso, y se le incrustaba en los pulmones. Entonces no pensaba en las consecuencias. «Cuando eres joven, eso qué más te da. Tenías que llevar la paga a casa y ya, no pensabas más», afirma. Tragando piedra, respirando polvo, aguantó cincuenta y cuatro años de mina. Después de Fábrica de Mieres trabajó en La Gotera, La Catalana y se jubiló en el pozo Santiago, ya dentro de Hunosa. Vio a muchos compañeros «caer» por la silicosis: «Es una enfermedad muy mala. Si te quitan el aire, qué te queda», apunta Jamín López.

Generaciones enteras con el mismo diagnóstico. Aunque la silicosis ya no castiga al sector, sigue quitando el aire a miles de trabajadores. Sólo en un lustro, se han diagnosticado más de mil casos. La doctora Aída Quero, del área de pulmón en el HUCA e investigadora en el INS, señaló que «no son cifras fiables, ya que son sólo los casos derivados desde toda España al INS». Añadió que el sector más castigado ahora es el de la marmolería, por el trabajo con materiales derivados del sílice: «Hay personas muy jóvenes y con un alto grado de afectación», afirmó la doctora e investigadora.

Aída Quero ha visto, en los últimos años, pulmones como los que hacía décadas que no veía. Como los que muestra la última placa que le hicieron a Jesús. «A mí el tercer grado me lo dieron hace más de diez años, cuando entré en la residencia», explica. Los mineros de antes utilizan el verbo «dar» como quien da un obsequio, porque el tercer grado significa una pensión más alta.

Habitación

Regalo envenenado que a Jesús lo hizo preso. No quiere salir de su habitación porque teme caer enfermo y que su estado empeore. Así que su vida se reduce a los trece metros cuadrados de su cuarto y a una ventana desde la que ve las huertas, como la que él trabajaba cuando estaba sano, en El Corraón. Las gomas le suministran oxígeno, día y noche, sin descanso.

«Como yo hay pocos, no tengo el quinto grado porque no existe», sonríe Jesús López. Es la primera vez que bromea durante la conversación. Mira la tele, apagada, frente a la cama: «¿Te la enciendo para que veas la película de vaqueros?», le pregunta su hermano. Él vuelve la cara, puro gesto de hastío. «No, que los caballos son muy ruinos», replica. Una última pregunta, para dejarlo ya tranquilo: «¿Volvería a trabajar en la mina?». Y la voz de Jesús suena ahora más clara que antes: «No, ahí abajo ye todo muy duro».

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